jueves, 29 de septiembre de 2011

Tres parricidas

     Por fin ha llegado el momento, tantas veces temido y demorado, de leer la famosa trilogía de Tolkien, El Señor de los Anillos. Demorado porque siento una natural indisposición hacia las novelas, y aún más hacia los volúmenes ciclópeos; y temido porque la adaptación al cine, afirman los expertos, respeta en alto grado los detalles del original. He escogido el último verano -hay que estar sobrado de tiempo y de energías- para consumir la trilogía de la Tierra Media. Tan pronto he concluido la lectura del tercer tomo me he agenciado una edición de los así llamados Cuentos Inconclusos, por curiosidad de saber sobre la suerte de algunos personajes que en la trilogía original son mencionados brevemente. Por lo general se acepta que Tolkien inventó toda esta mitología, fundamentándose en los estadios más representativos de otras tantas.  Plagada de héroes y antihéroes estereotipos de cualquier mitología, me ha sorprendido encontrar en la historia de Túrin una reelaboración del mito de Kullervo, personaje siniestro de la epopeya finlandesa Kalevala.

     El compositor finlandés Jean Sibelius se inspirió en los episodios narrados en el Kalevala para componer numerosos Poemas Sinfónicos. En esencia, esta epopeya responde a una compilación de historias tradicionales recogidas por un erudito finlandés llamado Elias Lönnrot, sobre las aventuras de cuatro héroes: el imperturbable (aunque siempre perturbado) Vainamoinén, el herrero Ilmarinen, el alegre Lemmikainén,  y Kullervo, el de las medias azules, sobre el que Sibelius compuso una intensa obra sinfónica, basándose en el siguiente programa.

      La leyenda trasncrita por Lönnrot cuenta que los hermanos Kalervo y Untamo se enfrentaron en una despiadada contienda. Aplastadas las huestes de Kalervo, Untamo raptó a una mujer embarazada a fin de que le sirviera como esclava. Al poco dio a luz la sirvienta a un niño que llamaron Kullervo, poseedor de una sobrehumana fortaleza, alegría de Untamo. Pero al comprobar que Kullervo albergaba hacia él un profundo rencor se dijo "Este niño será la calamidad de mi raza: Kalervo renace en él",  y procuró mandarlo bien lejos, a donde recibiera una muerte segura. Un día, vagando Kullervo por tierras de la sombría Pohjola, halló a una hermosa muchacha. Sobrecogido por su belleza se apoderó de ella y la violó brutalmente, sin saber que esta joven no era otra que su propia hermana. Apenas supo la muchacha de su conducta incestuosa se arrojó a un torrente, precipitándose contra las  rocas. Kullervo volvió sobre sus pasos, iracundo y vengativo, y perpetró una guerra contra Untamo, cuyas facciones no ofrecieron resistencia alguna. Muerto Untamo, y envilecido por sus ruindades, Kullervo acabó sus días probando en su pecho su propia espada. Juan B. Bergua, que afrontó el gran trabajo de traducir y editar el abultado poema de Lönnrot, afirma que Kullervo es el equivalente de Edipo, a causa de un funesto destino que le persigue siempre hilvanando desgracias.

     Se ha destacado a menudo que es un complejo edípico, y no un afán de venganza, el conflicto que atormenta la mente de Hamlet, el príncipe danés de Shakespeare, a quien Franz Liszt dedicó un desafortunado Poema Sinfónico. En efecto, esta obra de 1858 no fue estrenada hasta veinte años después de su composición, y aún en este estreno no pudo estar presente el maestro húngaro; sólo diez años después Liszt pudo escuchar, al fin, el resultado de su trabajo. La música no pretende en ningún caso ser un programa de la obra de teatro, sino mostrar una representación audaz de la psicología del personaje principal y de cómo evoluciona en él este complejo desarrollado con posterioridad por Freud. Así, el verdadero apuro de Hamlet no se encuentra en vengar la muerte de su padre, sino en superar los celos que siente por su tío usurpador. Liszt retrata esta tragedia a lo largo de una Introducción de carácter lento y desapacible; un Allegro central donde se ha querido hallar referencias a la muerte de la infeliz Ofelia ; y un Finale que contiene, como no podía ser de otra manera, una Marcha Fúnebre.


     La historia de Hamlet, cuyo tío asesina a su padre y ocupa su lugar en el lecho junto a la madre, tiene, si cabe, mayores similitudes con la Electra de Sófocles, personaje que inspiró la ópera en un acto de Richard Strauss. La tragedia narra acontecimientos ocurridos tras el regreso de Troya de los héroes aqueos. Agamenón, Rey de Micenas y uno de los más esforzados guerreros, vuelve a casa tras varios años de guerra en Ilión. Pero no son los cálidos abrazos de su esposa Clitemnestra, ni los agasajos de sus amplios salones, quienes reciben al héroe apuesto, sino el frío puñal del miserable Egisto, con quien se ha entendido la Reina en ausencia del esposo. Muerto Agamenón y expulsados sus dos hijos, el prudente Orestes y la vengativa Electra, no tendrá mayor satisfacción la joven griega que la de perfilar el momento de asesinar a su madre. El psicólogo suizo, discípulo y colaborador de Freud durante varios años, Carl G. Jung, acuñó el término Complejo de Electra para referirse al proceso de maduración de la mujer, en el transcurso del cual se experimenta una atracción hacia el padre, fijación ésta en que la madre representa un pertinaz obstáculo.  El conflicto se dirime cuando la niña comprende que no es la preferida.

     Pero dejemos de lado los asuntos del psicoanálisis,  más por ignorancia que por desinterés, y centrémonos en cómo trató esta historia el alemán Richard Strauss, que poco antes se había fijado en otra mujer perturbadora, la antojadiza hija de Herodías, Salomé.

     El libreto que rige el desarrollo de la obra está compuesto por quien fuera su colaborador habitual, Hugo von Hofmansthal, que a  su vez adaptó concienzudamente la tragedia de Sófocles. En los rasgos generales no se desvió del texto original, y  puede, por ello, decirse sin ambages que se trata de un libreto excepcional. Pero suprimió un pasaje que, al menos en mi opinión, es condicionante del comportamiento de Clitemnestra, ya que ofrece indicios de un Agamenón poco virtuoso. Concluida la acusación de Elektra contra su madre, ésta suplica que se le permita interponer un valioso argumento y le cuenta cómo Agamenón hizo sacrificar a su hija Ifigenia, pues se le había pronosticado que de negarse al sacrificio la flota griega no zarparía hacia Troya; asolada la ciudad de Príamo, tomó por la fuerza a  la troyana Casandra, y la  metió en su cama junto a Clitemnestra. "Y luego" concluye la resentida reina "sobre nosotras brillan como la luz del día los insultos, y los hombres, en cambio, responsables de esto, no oyen hablar mal de ellos". No obstante, pese a que esto bien no justifica, aunque sí explica, las razones de Clitemnestra para despachar a Agamenón, acaba cruelmente asesinada por su hijo Orestes. Al término de la obra, Electra cae presa de un exagerado frenesí y muere, una vez consumada su venganza, al contrario que en la tragedia original. Buen ingenio, sin duda, para dejar al espectador satisfecho, a la par que confundido.

    Aquí tenemos esta versión de la obra maestra de Strauss, en la que se observa  cómo Elektra pierde el rumbo definitivamente.




Una buena versión del Poema Sinfónico de Liszt, Hamlet:



Y la interesantísima obra Kullervo de Sibelius, en la que se tiene por mejor versión, la de Sir Colin Davis:

viernes, 16 de septiembre de 2011

Querer y no poder

     Difícil gesta para el ciudadano en Madrid la de este último verano. La prudencia y la escasez han propiciado una profunda moderación en el tradicional éxodo costero, y forzado a numerosos madrileños a permanecer en la capital, lidiando con el desempleo y el calor. Las manifestaciones religiosas y populares que se han dado en Madrid, con las medidas aportadas  para fomentar las primeras y disolver las segundas, han provocado notables sinsabores. Añádase a la escena un sinfín de bolsillos menguantes y ya tenemos el escenario de la tragedia. No yerra el sabio refranero al concluir que si no hay harina, mohína.

     Con poco, no obstante, nos conformamos los menos pudientes. Los amantes de la pintura han disfrutado de entradas gratuitas en los Museos Nacionales y en las salas de exposiciones. No pocas tardes me he refugiado del cálido asfalto entre los pasillos del Prado y los del Reina Sofía, paseando entre cuadrados coloridos y figuras imposibles. Varias referencias a la música he advertido, por cierto, en la obra de los cubistas, que pintaban instrumentos musicales  por gozar todos ellos de geometrías peculiares. Violines, violonchelos, mandolinas, flautas y guitarras; todos estos instrumentos se encuentran en los lienzos de Picasso,  Braque, Gris; descompuestos a fin de poder observar todos sus ángulos. A la salida de este museo, contrasta la visión apocalíptica de los últimos tiempos con la amena concurrencia que se da cita en las múltiples terrazas de la plaza de Atocha, al abrigo del arte y de la música, el centro Reina Sofía a un lado y el Real Conservatorio al otro.

     En una de estas terrazas pasaba la tarde no hace mucho junto a unos compañeros instrumentistas, discutiendo animosamente sobre estos asuntos eternos que entusiasman a los músicos y  aburren a todos los demás. Detractores y paladines de la interpretación historicista, del uso inadecuado de instrumentos antiguos en salas modernas; algunos mentaban los tratados clásicos de interpretación barroca, otros arremetían contra ellos, y ocasionalmente se trataban temas tal vez menos elevados pero sugestivos, como la sustracción de huesos del cráneo de Beethoven por el avispado doctor Seligmann, cuya reconstrucción incluyo, para deleite de los truculentos. Curiosa historia ésta, a la que tal vez en el futuro podamos dedicarle más espacio.

      De estos asuntos, digo, discutíamos cuando el más aferrado defensor de lo historicista se escurrió en su asiento y ladeó cuanto pudo su cabeza, ocultándose de una señora algo achacosa que aún conservaba los ecos de una cierta altanería. Alarmados por este singular comportamiento quisimos conocer, curiosidad ineludible, qué problema tenía con la señora. "Problema ninguno", dijo, "esa señora es mi vecina del cuarto, es una viuda que pasa las horas muertas tocando el piano. Nos hemos cruzado  a menudo en el portal, pero nunca habíamos ido más allá de un hola y  adiós. El otro día la vi llegar cargando la cesta de la compra, y  la ayudé a subirla hasta su puerta, la verdad es que me dio un poco de pena". No tiene nada de particular, le dijimos, que una mujer mayor viva sola en su casa y vaya a la compra, no es razón para tenerle pena, ni menos aún para esconderse de ella.

     "Pues cuando le bajé el carro del ascensor y llegamos a su puerta", continuó el historicista, "le dije que aveces, los fines de semana, la oigo tocar, pero que no se lo decía porque me molestara, sino porque como soy profesor de piano, si algún día le surgía alguna duda  me podía preguntar. Al oír que soy profesor de piano se entusiasmó y me contó una historia un poco triste. Al parecer la señora había nacido en un pueblito de la provincia de Zaragoza, no recuerdo bien si era Alhama de Aragón, y allí había pasado su infancia en un ambiente relativamente humilde; no mencionó que hubiera allí escuelas dónde se enseñara música, pero sí dijo que había un vecino de mediana edad que enseñaba a los chavales de primaria en una escuela del pueblo. Había montado con algunos alumnos un modesto coro, y además de dirigirlo lo acompañaba al piano. La niña era alumna de esta escuela y participaba en el coro, y no sé si por admiración al piano, o por admiración al profesor, se le metió en la cabeza que quería aprender a tocar. Era, según me dijo, lo único en que pensaba, en tocar el piano.

     Le costó mucho esfuerzo preguntar al profesor si acaso podría darle lecciones. Con mucho gusto; y arreglaron que tan pronto ella dispusiera de un piano donde practicar comenzarían las clases. El primer paso estaba dado, pero ahora quedaba por resolver el más difícil, convencer a sus humildes padres de que le comprasen un piano. Esa misma tarde propuso la idea a su familia. Como era de esperar, su madre le explicó que tal cosa era impensable. Al parecer, un tanto arrepentida por esta severidad, consultó con el marido la posibilidad de ahorrar para satisfacer el deseo de la hija. El marido aceptó y dieron a la niña la feliz noticia de que pronto contarían con un piano en casa. Ahora bien, ahorrar para comprarse un piano no es cosa de pocas semanas, así que cuando por fin dos fornidos majaderos depositaron el piano en el salón familiar habían transcurrido varios meses. Con el curso escolar concluido y el coro disuelto por vacaciones, la niña corrió hacia la casa del profesor para tomar, tal y como se había acordado, la primera lección de piano. Pero tras llamar varias veces a la puerta, no fue el maestro quien se mostró, sino una bruja acartonada que dijo ser la casera, y que anunció que el profesor había aprobado unas oposiciones y se había trasladado  a Zaragoza.

     No es difícil imaginarse el desconsuelo con que la niña regresó a su casa. Con todo, allí permaneció el piano durante los años de su adolescencia hasta que ella también abandonó el pueblo para acceder a la Universidad. De su paso por la facultad no supe más que una conversación  con una profesora, ya entrada en años, que al parecer también había estudiado en algún conservatorio, acerca de la posibilidad de traerse el piano del pueblo para recibir clases.  La profesora, en uno de esos accesos de omnipotencia que en ocasiones invaden a las personas mayores, y mostrando una pedagogía un tanto arcaica, sentenció que asistiendo a la universidad por las mañanas, y estudiando las asignaturas por las tardes, no le quedarían, si acaso, más que dos horas para practicar piano, razones por las que lo mejor era olvidarse sin más; tal vez en otra reencarnación, le dijo.

     Al final terminó la señora su carrera, contrajo matrimonio con un próspero abogado, se trasladó a Madrid y no se dedicó a otra cosa que a las tareas domésticas y a los hijos. Desalentada del piano, se convirtió en melómana y llegó a reunir una amplísima discoteca, de cuya magnitud puedo dar fe; pero siempre le quedó la sombra de no haber podido estudiar piano, y en el fondo confiaba en que tarde o temprano se le presentaría la oportunidad. Y al final ocurrió. Un día, estando sus hijos bien criados y  provistos de medios para independizarse, su marido murió a consecuencia de un infarto, dejándola en una situación desahogada, y completamente sola. Sin pensárselo dos veces, se dirigió a la tienda de pianos y pagó al contado un Yamaha vertical; luego se informó  sobre la escuela de música más cercana a su casa, pagó la matricula y, esta vez sí, comenzó a recibir clases, cincuenta años después de su primer desengaño. Y ahora no hacía otra cosa que tocar el piano.

     Aplaudí su tenacidad y le reiteré mi ofrecimiento de disipar cualquier duda que pudiera tener sobre técnica o repertorio. No se preocupe joven, me dijo, que no le quiero molestar, aunque si yo supiera que tiene usted un poco de tiempo le pediría que tocara una pieza, sólo para que algo suene bien alguna vez en este piano. Naturalmente, ahora mismo si quiere. Y dicho y hecho. Me senté al piano -he de decir que estaba un poco desafinado y que el teclado presentaba un calado irregular- e interpreté el primer movimiento de la Sonata de Mozart en do mayor, K 330. La mujer permaneció en contenido silencio durante todo el primer tiempo; es algo respetuoso que no tiene nada de especial, pero  cuando hube acabado ni siquiera se inmutó; al contrario, se quedó  petrificada, con la mirada fija en algún punto extraño. Supuse que debía estar recordando su relación frustrada con el piano, su pasión inabarcable por la música, tal vez debía estar inmersa en alguna meditación profunda provocada por las notas de la Sonata. Di por concluido el recital y me levanté, pero de pronto salió de sus ensueños y clavó en mí aquellos ojos que antes habían estado tan ausentes. Se plantó entre donde yo me encontraba y la puerta de la casa, interponiéndose como un espartano feroz y me dijo, Joven (y este es el motivo por el que ahora me escondo), ¿le apetece a usted  un Gin tonic?"


     Escuchemos  la Sonata de Mozart k 330, en la versión de un maestro, también con señora mayor escuchando atentamente.
    

lunes, 12 de septiembre de 2011

Inventando Granada

     El periodista y escritor gallego Alvaro Cunqueiro obtuvo, entre otros, el Premio Nacional de la Crítica en 1959 por la siniestra novela "Las crónicas del sochantre". En ella se cuenta como este sochantre, habilidoso en el bombardino, es introducido en un carruaje por una hueste fantasmal  con el fin de que amenice su errante  peregrinaje por tierras de la Bretaña Francesa. A lo largo de este vagar, siempre al amparo de los inciertos caminos, los malditos narran por turnos al entusiasmado sochantre por qué crímenes sufren tan singular castigo. A esta obra añade Cunqueiro un Epílogo donde confiesa no haber pisado nunca las tierras bretonas, habiéndose pertrechado para su invención de  mapas, libros de viajes, de algunas historias de ciudades, y de cartas ejecutorias de las nobles familias. Así justifica el poeta de Mondoñedo su Bretaña, declarando que sea para Dios la Creación, y para el humano la imaginación. No sería la primera vez, concluye, que el sueño del poeta hace la isla.

     No escasean las islas, desde luego, en el ideario de los compositores. En alguna ocasión destacamos la terrible isla de los muertos de Rachmaninov, sugerida por el homónimo cuadro de Arnold Bocklin. A ella conduce en su balsa el barquero Caronte a través de la laguna Estigia a los muertos que, cumplido el pago, se disponen a pasar la eternidad en el Hades.  Isla muy distinta imaginó Debussy al contemplar el "Embarque para Citerea"  de Watteau, la isla de la alegría atribuida a la diosa Venus, donde los vientos la depositaron tras su nacimiento en el mar.  De ahí tomó la inspiración para su "L'isle joyeuse", compleja partitura para piano de cuyas dificultades técnicas protestaba el propio compositor.  Al abrigo de la literatura y del arte, y aún de la mitología, plasmó Debussy en sus pentagramas las historias más variopintas y los parajes más apartados. Infatigable viajero, supo absorber de las culturas aquéllas impresiones dignas de anotarse en música. Otras, en cambio, las imaginó, y de ahí sus propias palabras: "Quand on a pas le moyen de se payer des voyages, il faut suppleér par l'imagination".

     Cuesta creer que Debussy no pudiera permitirse el lujo de viajar a España con cierta asiduidad, pero es sabido que sólo pasó una tarde en la ciudad de San Sebastián. Amante de lo oriental, puesto de moda en Francia por las  exposiciones universales de París, no investigó in situ el legado arquitectónico de siete siglos de asentamiento árabe.  Y pese a ello su genialidad le impulsó a imaginar Granada y su inmortal Alhambra al menos por tres veces, dejando constancia de su "viaje" en otras tantas composiciones para piano: La Soirée dans Grenade, La Puerta del Vino, y Lindaraja. Hay quien afirma que esta triada ha de completarse con un cuarto, el preludio La Serenade Interrumpue, pero no se tiene constancia de su referencia a la ciudad andaluza, más allá del tratamiento "guitarrístico" que se le atribuye al piano.

     La primera vez que Debussy se internó en los misterios de la Alhambra fue al componer su obra para dos pianos "Lindaraja", en 1901, tras contemplar algunos grabados del mirador en una revista ilustrada. Allí encontró Debussy elementos tan característicos de su música, flores, patios, fuentes y, por supuesto, el agua. Pero también la leyenda encuentra cabida en la imaginación romántica del  músico. Lindaraja, la dueña del jardín que lleva su nombre, fue una doncella mora hija del alcaide de Málaga. Se cuenta que el alcaide dio asilo al imprudente Mohamed "el Zurdo" cuando éste perdió el poder. Por gratitud,  recuperado el trono e instalado nuevamente en la Alhambra, regaló a su hija un aposento anexo a este jardín y promovió su matrimonio con el joven Nasur, descendiente de Aben Hud, apodado "el Justo".

     Debussy regresó a la Alhambra poco más de una década después, y se detuvo en admirar los contrastes de "La Puerta del Vino". Una vez más, halló la inspiración en la imagen impresa de una postal que  Manuel de Falla le envió desde el bullicioso enclave. La respuesta a esta postal no es sólo el conocido preludio, sino  una agradecida carta a Falla, fechada el 3 de enero de 1910, en la que escribe lo siguiente: “Ha halagado mi gusto por las imágenes hermosas (...) ya sabe cuánto amo, desafortunadamente sin conocerlo, su país”. En todo caso -si hemos de seguir las indicaciones del estudioso y amigo de Debussy, Robert Schmitz-, la música no representa la arquitectura de la puerta en sí misma, sino la turbulenta vida de la plaza que la rodea donde conviven las alborotadas fiestas del vino con el barullo de los borrachos, la cadencia de las canciones  flamencas con las voces de los muleros; y de fondo, el obstinado pero vago ritmo de habanera.  Esta barahúnda se resuelve en la indicación que el compositor incluye al inicio de la obra: "con la oposición repentina de extrema violencia y apasionada dulzura".

     Impregnada asimismo del ritmo de habanera imaginó Debussy una tarde en Granada. En efecto, el segundo número de sus "Estampes" para piano pretende representar una vez más el bullicio propio de esta ciudad, tal como es percibido por el compositor según las noticias de sus amigos españoles. En "La Soirée dans Grenade" nos topamos con el desordenado puzzle de una puesta de sol en la ciudad andaluza, y aún nos parece percibir el tintineo de las campanillas plateadas que llevan los burros enanos, los ecos de las melodías lánguidas y sinuosas de la herencia árabe. No es una casualidad que esta obra fuera estrenada por Ricardo Viñes, como tampoco lo es que, años más tarde,  al querer homenajear al músico francés, tomara prestado Falla el tema principal de esta obra para componer una "Tombeau" para guitarra.

     Hemos citado la sentencia de Debussy que recomienda suplir con la imaginación la imposibilidad de pagarse un viaje; es justo, pues, concluir con la que emitió Manuel de Falla al ser preguntado por la agudeza de esta imaginación: "El poder de la evocación presente en estas pocas páginas pugna con el milagro cuando uno comprende que esta música está compuesta por un extranjero, únicamente guiado por la visión de su genialidad; ni un solo compás está tomado del folclore español, y pese a ello, toda la obra representa admirablemente a España, hasta en sus últimos detalles".


     Escuchemos a continuación cómo imaginaron Granada Debussy y sus compositores afines.



Para saber más sobre compositores en Andalucía pincha aquí: Liszt en Córdoba





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