sábado, 26 de mayo de 2012

Meditaciones después de "Los Pájaros"

     Un poco tarde, tal vez, de lo que podría esperarse de alguien asiduo al cine clásico, veo por fin "Los Pájaros", y me quedo indiferente ante dos asuntos que no alcanzo a comprender: la insípida interpretación de Tippy Hedren y la notable estima que tienen los cinéfilos por esta singular película. Nadie nos explica por qué motivo hemos de identificarnos con un personaje tan aséptico como el de la señorita Daniels, ni qué extraño razonamiento impulsa a los pajarillos a montar un alboroto semejante. Pero indagando un poco encuentro que este último problema viene quebrando la cabeza de los cinéfilos desde que la cinta se proyectó por primera vez en 1963. Desde entonces muchos han sido los teóricos,  psiquiatras y ornitólogos que han aportado su particular explicación del entuerto, sin lograr nunca una solución satisfactoria. No pretendamos, de momento,  añadir nuestras conjeturas a las de estos grandes estudiosos, pero persigamos, al menos, el uso de los pájaros como elemento programático en la Música Clásica, por gracia de ver a dónde nos conduce.


     Ante todo hay que señalar que el de los pájaros, muy por encima de los otros sonidos de la Naturaleza, ha sido estudiado como fuente originaria de la Música. Algunos sabios sostienen que la Música se desarrolló entre las culturas primitivas al ser imitados por los humanos los graznidos, los silbidos y los trinos de las aves. Pero esta es una conjetura que ha sido rechazada por dos motivos, tal cosa dice Anthony Storr en "La Música y la Mente"; de un lado, la inexistencia de tales imitaciones en otras culturas que actualmente podrían decirse primitivas; y de otro, la evidente dificultad que entraña para el humano imitar el sonido de los pájaros, ya sea con su propia voz o con la ayuda de instrumentos (y cita como ejemplo a Liszt, de quien dice haber empleado medios ingenuos para imitar al piano los trinos de los pájaros). Y como advertencia a quienes se deleitan con el canto de los pájaros en los bosques y montañas, sépase que los pájaros no cantan por placer sino, entre otras cosas, para alertar a los otros machos de su presencia en el entorno. El eminente antropólogo Claude Levy-Strauss zanja la cuestión afirmando que el canto de los pájaros no puede ser el origen de la Música, y así despacha el tema, al no considerar útil el pararse a explicar algo tan obvio.


     Sin embargo no podemos abandonar tan bruscamente el asunto de la imitación aviar, pues entraña un problema más profundo aún que el del origen de la Música, un problema místico que vino a impregnar -y no por casualidad- a dos de los compositores más vinculados con la llamada religiosa, Liszt y Messiaen, y que en sus obras dotaron a los pájaros de grandes connotaciones metafísicas. Para seguir este camino hemos de obviar otras distinciones musicales de los pájaros: aquéllas en que el compositor se empeña en un ejercicio de virtuosismo instrumental, a fin de imitar su canto de la manera más sorprendente y llamativa; y ésas que se distinguen en el Barroco instrumental francés, las llamadas Piezas ilustrativas y de carácter, que tienen por función imitar al clavecín estados de ánimo o figuras pintorescas, entre las cuales se encuentra el graciosillo pájaro cucú.


     Para comprender la importancia de los pájaros y de la imitación de su canto tenemos que remontarnos al tiempo mítico en que el hombre vivía regocijado en el paraíso. Sabemos que la situación paradisíaca concluye con la "caída", con la expulsión de ese paraíso. Con ella se pierden la esponteneidad, la inmortalidad, la conexión directa con los dioses, y la amistad con los animales y el conocimiento de su lenguaje secreto. Por eso las experiencias extáticas en que el alma abandona el cuerpo y regresa al paraíso incluyen la llamada a los espíritus animales y el diálogo con ellos en su propia lengua. De ahí que los elegidos de las culturas primitivas se esfuercen en imitar el canto y la apariencia de los pájaros, pues lo mismo se puede ascender al cielo a través de un árbol cósmico que por medio de un ave. Algunas mitologías sustituyen este vuelo por la construcción de ingenierías plumíferas, y es el caso del conocido mito de Dédalo e Ícaro, a cuyo vuelo frustrado dedicó el compositor Igor Markevitch su poema sinfónico más célebre "L'envol d'Icare". Aquí los tenemos en este lienzo de Charles Le Brun.


     Parecen estas razones más apropiadas para justificar la imitación de los pájaros; no tanto para recrear sus aptitudes musicales, cuanto para ganarse su amistad y conseguir de ellos la revelación de ciertos secretos, que se conviertan en espíritus auxiliares del proceso extático. Esto se justifica en el hecho de que los animales, y especialmente las aves, están dotados de un alto simbolismo religioso, así lo afirma el erudito Mircea Eliade en su compendio sobre "Mitos, Sueños y Misterios": "los animales están cargados de un simbolismo y una mitología muy importantes para la vida religiosa, por eso, hablar con los animales equivale a apropiarse una vida espiritual más rica que la del común de los mortales: la amistad con los animales y el conocimiento de su lengua representan un síndrome paradisíaco pues formaba parte de la condición primordial; además conocen los secretos de la vida y la naturaleza, la longevidad y la inmortalidad (...) la experiencia vital de esta amistad con los animales le proyecta fuera de la condición general de la humanidad caída". 

     Bien lo sabía el Liszt longevo que había abrazado las órdenes menores, y que en su última etapa se cuidó de reconciliarse con Dios ofreciendo un catalogo surtido de obras religiosas -citemos sus grandes Oratorios, el Réquiem o el Via Crucis-, entre las que es obligado mencionar sus dos Leyendas para piano, que representan distintos estadios en la vida mística de San Francisco de Asís: San Francisco caminando sobre las aguas y La Predicación a los Pájaros. Destaquemos ahora esta última en que el compositor se guía del ejemplo de San Francisco, que restablece la conexión primordial a través de la amistad con las aves. Este es el primer paso de la experiencia mística, tras él se encuentran la ascensión al cielo y el reencuentro con Dios.Otros logros de gran trascendencia en este ámbito se los debemos a Messiaen, pero por su amplitud y dificultad emplazaremos su experiencia para otra ocasión... quedémonos, entretanto, con la música de Liszt, y aportemos, ahora que vamos pertrechados de conocimientos, nuestra humilde explicación al conflicto de la película citada: las aves, que ostentan la potestad mitológica de guiarnos de vuelta al paraíso primordial y que nos reconcilian con lo divino, nos atacan, nos devoran y destruyen en un ejercicio virulento de eliminación espiritual. 

     Pero dejemos las elucubraciones cinéfilas para los críticos de cine y escuchemos al pianista Leslie Howard interpretar la obra de Liszt:





jueves, 10 de mayo de 2012

Haciendo números

     Estamos de suerte los asiduos del Teatro Monumental, ya saben, el longevo edificio de la calle Atocha que alberga los conciertos de la ORTVE, que luego la televisión retransmite los sábados antes del canto del gallo. Como consecuencia de la austeridad han retirado los programas de mano, y nos hemos quedado los usuarios sin esa pequeña dádiva para entretener el descanso; y por suplir los programas se ofrece una miserable cartulina en la que figuran sólamente los datos imprescindibles; acuda a internet el interesado, que ahí están al completo las expertas leyendas. Nosotros celebramos, digo, que han reabierto el bar, y ahora podemos pasar el rato degustando un vino, un cava o un bitter kas. 

     De esta guisa me encontré a mi amigo Juan Luis, aquel esforzado crítico de la extinta revista Motete, paladín de las causas perdidas, entregando al camarero un billete de cinco euros a cambio de una cerveza. Nos saludamos sin grandes aspavientos, como corresponde al entorno, y nos dimos a comentar el asunto de los programas de mano, los achaques del teatro y las dificultades del entresuelo, que ya he visto a más de una señora rodar por las escaleras, por perder el pie al querer salir antes que nadie. Parece que el teatro clama por una renovación -comenté-, pero a juzgar por la austeridad no parece que vaya a darse pronto. Me trae completamente sin cuidado lo que le pase a este teatro- dijo mi amigo, un tanto inflamado-, que ya bastante tengo yo con sobrevivir a mis morosos. 

     ¿No te parece bastante -continuó Juan Luis- para un músico ofrecer conciertos a los Ayuntamientos y no saber cuándo los va a cobrar? Y no estamos hablando de un caché millonario. Y ahora ha insinuado el ministro que los músicos deberíamos cobrar menos por las actuaciones, que los Ayuntamientos se encuentran en una situación preocupante y que los músicos, y no ellos, son los que tienen que adaptarse a esta situación, y esto habrá de ser cobrando menos, que cuando llueve, según dice, llueve para todos. Vaya que sí nos adaptamos, sentenció, que según se dice le han reducido a la orquesta hasta un millón y medio del presupuesto... primero despacharon los ramos de flores para las solistas, luego los programas de mano, a ver qué es lo próximo...

     Así continuó Juan Luis durante el descanso, proyectando sus protestas a unos y  otros, pero la más voraz y virulenta hacia sus alumnos particulares, entre los que se encontraba un directivo de no sé qué empresa, que le llevaba por pagar un retraso de dos meses. Qué habría sido de Chopin, se preguntaba, si sus alumnos no le hubieran pagado las lecciones. Atrás quedaron ya, decía, las épocas en que los músicos, por buenos y mejores, tenían que morirse de hambre y cobrar unas miserias por su trabajo. Ahí tienes a Rachmaninov, que por su famoso preludio en do sostenido menor cobró en rublos el equivalente a menos de dos euros. Luego está el caso de Béla Bartok... Pero Bartok no se empobreció por esas razones, le interrumpí, le ofrecieron un puesto de profesor de composición, y además rechazó dar clases particulares. Tú qué sabes, dijo Juan Luis, seguramente dejó de dar clases porque no se las pagaban, eso es lo mismo que voy a hacer yo. Y con esto sonó el aviso del entreacto, apuramos las cervezas y regresamos a nuestros asientos.

     Y mientras la orquesta se esforzaba en trascender sus dificultades ofreciendo la mejor música, me vinieron al recuerdo las desgracias de otros grandes compositores que, al igual que Bartok, pasaron en la pobreza sus últimas etapas. Piénsese en Schubert, y en esa desesperada carta que envió al Emperador Fracisco I, solicitando de él un puesto de trabajo: "El que suscribe (...) por último, en este momento no goza de ningún empleo y espera que, habiéndose asegurado un puesto estable, pueda dedicarse a alcanzar la meta artística que él se ha trazado". No se le concedió, y hubo de subsistir miserablemente del favor de algunos amigos, de las escasas ventas de sus publicaciones, y de las efímeras ganancias por su único concierto público. Y antes que a él también le había señalado la pobreza al gran Vivaldi. Había abandonado Italia con destino a Viena, persiguiendo un ascenso en sus funciones bajo la protección del Emperador Carlos VI, pero al punto de llegar a la ciudad el Emperador murió súbitamente, y quedó Vivaldi desamparado y pordiosero, y allí murió, y vinieron a enterrarlo en el Cementerio de los Pobres.

     Aún peor lo de Chambonnières, apuntó Juan Luis al término del concierto, de camino hacia el Museo del Jamón. A Chambonnières se le tiene, nada menos, que por el padre de la escuela francesa de clavecín, protector de Luis Couperin, y clavecinista en la corte de Luis XIV. Gozó de una elevada posición durante un tiempo, pero le sobrevino la ruina allá por el 1650. Su primer varapalo se debió a que el Rey escogió a Ettienne Richard como profesor de la Corte, en su lugar; el segundo cuando se le propuso dejar de ser solista de clavecín para formar parte del bajo continuo en la orquesta de Lully. Ante esta circunstancia se dice que abandonó la Corte....murió en la pobreza en 1772. Pero a mí, concluyó Juan Luis, apurando su última patata brava, no me va a pasar, voy a conseguir que ese maldito alumno me pague, aunque sea lo último que haga.

     Me volví e encontrar con Juan Luis pocos días después, en el almacén de un tendero de La Latina, examinando un viejo media cola por ver si podía hacer con él algún negocio. Viendo que no, salimos y continuamos juntos por las callejuelas, rumbo a una casa de pinchos. En otra ocasión, tal vez, destacaremos las bondades de este pintoresco barrio, y las de sus tabernas atestadas.

     En una de ellas nos recogimos Juan Luis y yo, y en seguida me puso al día de sus progresos con el moroso. Al parecer nuestra charla sobre la miseria del músico le había alentado a tomar una severa determinación. Comencé por ponerle un correo, me dijo, con una relación de las clases pendientes, instándole a satisfacer la deuda lo antes posible. No obtuve respuesta. Repití la operación una y otra vez, y nada, sólo un vacío en la bandeja de entrada. Al cabo inicié la fase SMS, y como tampoco me contestaba pasé a las  llamadas. Y esta vez sí dio resultado. Ya te puedes imaginar el hombre cómo estaba de molesto, hablamos, le expliqué la lógica de mis demandas y le pedí, una vez más, que me hiciera una transferencia con el dinero adeudado. Y al final conseguí que me pagara, me costó trabajo, no lo niego, pero me pagó. Eso sí, después de asegurarme la transferencia me dijo que yo me había comportado más como un comerciante que como un músico, y que mejor habría hecho yéndome a regatear a los zocos de Marrakech que a enseñar piano a la gente corriente. ¿Y no te indignaste por eso? le pregunté. Pues no, me dijo, encogiéndose de hombros, porque aunque sea triste, y así se lo expliqué, prefiero ser un comerciante vivo que un músico muerto. Y ahora vámonos al centro, que te voy a invitar a comer.

1.-) Escuchemos una Sarabanda al Clavecín, del maestro Chambonnières:


2.-) No pondremos de Vivaldi nada de sus Estaciones, sino un Concierto para Mandolina:


3.-) y este Alleluia interpretado por el contratenor Andreas Scholl:


4.-)cambiamos de siglo para escuchar el famoso preludio de Rachmaninov por el cobró poco menos de dos euros, interpretado por Emil Gilels:

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